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Leymebamba y La Laguna de los Cóndores Amazonas |
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| xxx | Leymebamba es uno de los pueblos más hermosos de la sierra peruana. Su ubicación en los andes norteños, cerca al Ecuador, y su poca altura, cerca de 2300 metros sobre el nivel del mar, le da características diferentes a otros pueblos serranos. El camino que escogimos para llegar a Leymebamba, fue a través de la ruta que parte de la ciudad de Cajamarca, pasa por Celendín, y cruza el Marañón para luego llegar al valle del Utcubamba, donde esta ubicada Leymebamba con sus más de 5000 habitantes. Decidimos hacer nuestro viaje en Julio, lo cual es recomendable porque hay menos lluvias que en otros meses. Escogimos hacer el recorrido partiendo muy temprano de Lima, pasando por Trujillo (recomendable almorzar ahí), y llegando a Cajamarca para pasar la noche. Muy temprano salimos el día siguiente por la ruta a Celendín, buen lugar para almorzar y sin demora, partir a Leymebamba, a la cual llegamos ya de noche (ver más información de rutas abajo). La entrada a Leymebamba, es por la Plaza de Armas, y toda llegada de algún vehiculo o caminante llama la atención de gran parte de la gente del pueblo, que sale a sus puertas o ventanas para observar a los que llegan. En Leymebamba, existen buenos hostales, con muy amable atención, y muy confortables. Nosotros llegamos a la Casona de Leymebamba (www.lacasonadeleymebamba.com), nuestro hospedaje para esos días, y hasta allí, llegaron también nuestros guías para afinar detalles para partir al día siguiente a la Laguna de los Cóndores. Ellos, son gente de la zona, antiguos agricultores, conversos hacia el turismo, porque vieron que en esta actividad tienen un mejor futuro, protegiendo también el entorno natural, su verdadera riqueza. Con nuestros 4 guías; Prinche, Daniel, Sinecio y Milton y nuestros caballos y mulas, partimos temprano por la mañana, con un muy buen clima, por un camino de herradura. Sabíamos que todo el día estaríamos en la ruta, haciendo una cabalgata de casi 10 horas, en la que en algunos tramos tendríamos que caminar. Todo muy bueno, todo diferente, lo importante era conocer algo nuevo tanto en lugares como a la gente, el verdadero encanto de cualquier lugar. Conforme avanzamos y comenzamos a subir a las montañas, el clima cambió intempestivamente, nublándose totalmente, y con muchas probabilidades de llover. Y empeoró mientras almorzábamos unas frutas, y panes con atún. Este almuerzo simple nos repuso el cuerpo, pues todos estamos agotados después de varias horas de cabalgata (sí, los fieles caballos y mulas hacían todo el esfuerzo, pero nosotros, solo estábamos acostumbrados a una silla de oficina durante 12 horas al día). Al terminar de almorzar, comenzó a llover, y mucho. A la mitad del camino, ya casi a 4000 metros sobre el nivel del mar, el clima se tornó muy frío, y del valle de donde partimos, con sus árboles frutales y sol cálido, ya no quedaba nada, pues estamos en la puna, con mucho ichu alrededor, sólo algunos pequeños arbustos y grandes montañas de piedra, que no se podían ver por las nubes que las cubrían. El paisaje era uno de los más hermosos que haya visto y la soledad le daba un aura especial. Después de pasar el punto más alto de la ruta, al comenzar el descenso, debimos bajar de los caballos para darles descanso. Personalmente, nunca antes estuve tanto tiempo sobre un caballo, y verlo subir por los caminos empinados, sufriendo por momentos, sudando mucho, necesitando de tu ánimo, tan fiel, tan dedicado a su ruta, me hizo sentir desde ese momento un mayor respeto y un cariño especial por ellos. Caminamos cuesta abajo, por una de las partes más difíciles de la ruta, todo muy barroso, con una lluvia persistente, todo tan nuevo y complicado para nosotros. Muchas caídas, metidas literales de pata en el barro hasta la rodilla, que después hacia muy difícil sacarlas. Todo el paisaje en el camino es muy virgen y hermoso, todo tiene tan poca intervención del hombre, todo es tan grande y agreste, que estar allí nos hacía sentir pequeños. Bajamos por el camino apenas marcado por pisadas en las quebradas, y luego de 10 horas de viajar, ya al atardecer, llegamos a la cabaña prometida, solitaria, muy bella, bucólica. Llegamos realmente muy cansados, por la falta de costumbre en esos trajines, sin embargo nuestros guías, ahora buenos amigos, seguían muy frescos, llenos de energía y sobre todo de buen humor (como en todo el camino), listos para aliviarnos, con sus bromas, nuestro sufrimiento por el camino. La cabaña a la que llegamos estaba ubicada en la loma de un cerro, a los pies del cual pasa un arroyo. No existe ninguna otra construcción, ni personas a muchas horas de camino, es más, mi paranoia citadina disparó la siguiente preocupación; ¿Qué haríamos si alguno de nosotros se accidenta, o a alguien necesita de un doctor urgentemente, y estamos a 2 o 3 días de algún hospital?. Felizmente, el cansancio no me dejó tiempo para seguir pensado. Nuestro amigos y la señora Rosa Saldaña, guardiana de la cabaña, nos prepararon en su cocina a leña, tallarines con atún, que nos levantó los ánimos e hizo que nos sintiéramos totalmente reparados (los vegetarianos del grupo “levantamos los ánimos” con barras energéticas y panes con mermelada…) Esa noche, dormimos en la cabaña, típica de los campesinos; con techo de paja y calamina, paredes de adobe y cama de paja, la cual nos protegió de la fuerte lluvia de la noche. A la mañana siguiente, también lluviosa, partimos temprano hacia la Laguna, en una caminata que nos tomaría mediodía. Pero, el clima volvió todo más difícil, pues el piso barroso, así como el tener que usar impermeables plásticos, nos volvía un poco torpes, haciendo nuestros pasos más lentos. Pero el esfuerzo valió la pena, pues ver la laguna, desde la cima de la loma en donde se encuentra la cabaña, es realmente impresionante (ver foto panorámica de la laguna). El llegar a la orilla de la laguna fue algo realmente difícil para nosotros. Teníamos que cruzar hacia la orilla del frente, pues desde allí era posible acercarse a la laguna y porque también, sobre esa orilla están las tumbas chachapoyas, en donde de encontró a fines de los años noventa, más de 100 momias intactas. Nos cuentan que todo lo encontrado ahí, fue llevado al Museo de Leymebamba (www.centromallqui.org.pe), para mi, unos de los mejores del Perú, debido a que quienes manejan el museo y participan del trabajo del Centro Mallqui, son pobladores de Leymebamba, que han encontrado una oportunidad de obtener recursos al cuidar de su legado, y sí mantener viva su cultura al contarnos su trabajo y sus tradiciones. Regresamos al atardecer a la cabaña y pasamos otra noche más ahí, con el mismo ambiente tan agradable, tan sincero que creaban la gente local y foránea. Al día siguiente partimos de regreso a Leymebamba, por la misma ruta que llegamos. Fue mucho más corto, solo 6 horas, y todo el camino lo hicimos con el cielo limpio, muy fresco. Se podría decir que el encanto de Leymebamba, es la mezcla de una naturaleza casi intacta, de la historia presente en todos lados, y de la calidez de la gente que disfruta de estar contigo, que no te ven solamente como un trabajo, sino se convierten en tus amigos, y en retribución, durante el viaje, uno deposita en ellos toda su confianza. Semanas después de hacer este viaje, me encontré con unas líneas de Rafo León de su libro “Viajes de Perro”, hablando de su viaje a Leymebamba; “Pero más allá de la seguridad y el buen humor, circulaba otro sentimiento, recóndito, menos claro y más intenso. Cariño gratuito y fraternal, la oferta incondicional de soporte y protección pasara lo que pasara. Seguramente existimos seres más necesitados de eso, aún a pesar del tiempo recorrido y de los costurones que la vida nos ha dejado sobre el pellejo; lo cierto es que yo recibía cada gesto de atención de esos muchachos, cada advertencia o consejo, como ungüentos tibios que debieron haber venido en su momento pero, por alguna razón, se disolvieron en el camino. Era ternura. Trato amistoso sin sumisiones implorantes ni elogios ornamentales. Afecto de hombre a hombre, como debe ser, pero como nunca es en las burocráticas relaciones que se dispensan en las familias de las ciudades, o entre amigos que van al fútbol o a ver películas, mirando al frente para evitar darse cuenta de lo que pasa entre ellos. Difícilmente voy a olvidar a los Aguilar, como sí he olvidado a tanta gente que he conocido en mis viajes……”
-La segunda es la ruta Chiclayo – Bagua – Pedro Ruiz Gallo – Leymebamba, que toma aproximadamente 10 horas desde Chiclayo, y esta en mejor estado, pues hasta P. Ruiz Gallo la vía es asfaltada. En bus: -Por la ruta Cajamarca-Chachapoyas (vía Celendín)Varias empresas de transporte proveen el servicio entre Cajamarca y Celendín. Desde Celendín existe un servicio de microbuses que viaja dos veces por semana entre Celendín y Leymebamba, y vice-versa. El microbus sale los jueves y domingos desde el Ovalo del Monumento en Celendín aproximadamente a las 09:30, regresando a Celendín los viernes y martes. Teléfono: (076) 85-5078. El servicio de autobuses no es recomendable. En taxi: En carro alquilado: ¿Donde alojarse en Leymebamba? -Para contactarse con los guías, llamar al teléfono del Hospedaje la Casona (51-41) 830106
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